Un buen día nos damos cuenta que somos personitas independientes y nos creemos autosuficientes (en mi caso debió ser sobre los 10 años).
Dejamos de imaginar guerras de muñecos de plástico, abandonamos juegos que antes nos divertían y nos preparamos para jugar en el mundo real. Craso error, los juegos en la vida real son generalmente injustos, crueles y casi siempre gana el malo.
Cuando tenemos la suficiente edad mental, que algunos nunca llegamos a alcanzar, empezamos a hacer cosas raras, contrarias a las ideas que teníamos cuando éramos mas pequeños. El que quería ser piloto de coches al final acaba siendo agente de seguros, el que quería ser bombero acaba panadero y así sucesivamente. Además los que son de adultos pilotos o bomberos nunca se plantearon de pequeños serlo, quizá querían ser agentes de seguros o panaderos.
Es nuestra primera muestra de lo tontos que podemos llegar a ser. Y de aquí en adelante la cosa empeora aún más.
Es curioso pensar en lo que éramos cuando no teníamos conciencia de lo que pasaba a nuestro alrededor. A esa edad tus prioridades se limitan a comer ingentes cantidades de dulces, jugar a todo aquello que acabe con una brecha en la cabeza o una pierna colgando y en el caso de las chicas jugar a la comba y pasear con la bicicleta. No nos preocupa el paro, ni el IPC, ni la hipoteca, ni siquiera si nuestros padres han pasado un mal día en el trabajo. Que ignorancia, y en consecuencia, que felicidad también. Nos daba igual.
Pero llega un momento a esa edad que te empiezas a cansar de apedrear a tus amigos (sobretodo cuando el apedreado eres tu) y te empiezas a iniciar en conversaciones más “de mayores”. Y ahí empieza el problema, porque como ya veremos más adelante, el ser humano es un animal de extremos, nos olvidamos completamente de lo que fuimos y queríamos ser y pasamos a convertirnos en personas totalmente opuestas.
Recuerdo que cuando era pequeño solía ver las cosas con más ilusión e intensidad. Sin ir más lejos el montar en el metro ya era toda una aventura. Una tía mía venía unas cuantas veces al año por Madrid y me llevaba de excursión al centro en metro. Aquellos metros rojos de vagones pequeños de asientos de madera y con el ruido característico del silbato y las puertas las cerraba una persona que estaba en un pequeño habitáculo en el vagón de cabecera, que no era el conductor, Piiiiiiii Psssssss. Que recuerdos. Siempre asociaré a mi tía Mary cuando me monte en el metro.
Pero lo que antes era una explosión de emociones y sensaciones, con el tiempo, lo “naturalizamos”, es decir, lo olvidamos y damos prioridades a cosas más banales, más superficiales.
Otro ejemplo claro de todo esto es el deporte, antes lo hacíamos prácticamente a diario, fútbol, baloncesto, ciclismo, lo que fuera. Y nos lo pasábamos pipa. Ahora los que todavía seguimos haciéndolo tenemos otras razones, ya no es tan divertido porque la mayoría de las veces lo hacemos para que la barriga incipiente no se apodere de nosotros. Los amigos con los que jugábamos al fútbol ya sólo lo ven por la tele, si es con una cerveza en la mano, mejor. Murphy decía que si algo es propenso a empeorar, lo hará. Y tenía razón.
Pero bueno, no todo va a ser tan malo. Ahora tenemos nuestra libertad, nuestro dinerito, nuestras noches locas, nuestros caprichos, nuestros vicios, nuestras efímeras vacaciones, nuestros amores y desamores, aunque coartados por las horas interminables en el trabajo, por la hipoteca, los niños, los desesperantes atascos, los problemas imprevistos y en definitiva todo aquello por lo que merece la pena echar la primitiva todas las semanas.
Así es la vida, un cúmulo de situaciones contrarias, en la que unas no serían nada son las otras. ¿Así es la vida? ¿Te lo has creído? ¿Quién te ha engañado? La vida no es así, me niego a creerlo. No quiero llegar al final de mi corta vida y pensar que he pasado por ella sin más. De acuerdo que es difícil salir del guión impuesto por el resto del rebaño, pero sería lamentable si no lo intentaras. Hay que vivir cada día como si fuera el último, porque es muy probable que mañana seas tú el que provoque el atasco por accidente de todas las mañanas. Siempre con un poco de cabeza, aunque no demasiada, porque como veremos más adelante, el ser humano tampoco está hecho para pensar demasiado.
A estas alturas supongo que muchos os estaréis identificando con todo esto. No os preocupéis, eso significa que todavía hay esperanza.
Los que no os identifiquéis, salid inmediatamente de este blog. Pero ya.

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